“Una suerte pequeña”(fragmento), Claudia Piñeiro.

“Federico era –tal vez lo siga siendo– de esos chicos a los que todos quieren. Los compañeros se peleaban por llevarlo a sus casas después del colegio. Las madres se lo disputaban porque sabían que invitarlo a jugar les aportaría mayor calma que quedándose a solas con sus propios hijos. Nunca fue el más destacado de la clase –y eso resultó un golpe que Mariano tuvo que asimilar en cuanto llegaron los primeros boletines: nuestro hijo no era el que mejor decía “Pipí morto la papa la mamá”–. Pero tampoco estaba entre los peores y a fin de año siempre lo elegían mejor compañero. Todos querían estar con él. Yo también. Era una gran compañía para mí. Un par, a pesar de ser tan chico. Siempre le hablé con lenguaje de adulto, siempre respondió con el mismo lenguaje, llamando a las cosas por su nombre: la vagina, vagina; el sexo, sexo; la muerte, muerte. Cuando supe que estaba embarazada de él –el único embarazo que tuve– primero sufrí un shock, me quedé paralizada, helada. Mariano saltaba de alegría mientras yo permanecía impávida. No tenía con quién compartir ni mi falta de alegrías ni mis dudas. No tenía amigas de una intimidad que nos permitiera contarnos cosas tan privadas, al menos yo no me lo permitía. Mis padres ya no estaban, y aunque no habría hablado abiertamente con ellos de mi maternidad, añoraba su presencia, saberlos de mi lado. Fingí estar alegre, debía estar alegre si era una mujer “normal”. Por primera vez y estando ya de casi cuatro semanas me pregunté, en absoluta soledad, si de verdad yo quería ser madre. No me lo había preguntado antes. ¿Por qué no me lo había preguntado antes? ¿Por qué hay mujeres que damos por sentada la maternidad? ¿Por qué creemos que la maternidad llegará con la naturalidad –y la irreversibilidad– con la que llega el otoño o la primavera? Quería a ese niño por venir, eso estaba claro, y cuando lo tuve supe que no había otra cosa en el mundo que pudiera querer tanto. Pero más allá de amar a ese niño, ¿quería yo ser madre? ¿Había alguien en el mundo que pudiera entenderme, que pudiera comprender ese ambivalente sentimiento: querer al hijo, amarlo profundamente, pero dudar acerca del rol de la maternidad? Y esa pregunta llevaba irremediablemente a otra: ¿Me sentía capaz de ser madre? ¿Podía serlo? Yo tenía la posibilidad de engendrar un hijo dentro de mí, hacerlo crecer esos nueve meses, parirlo, ¿pero sería capaz de cuidarlo, de ayudarlo a que creciera a mi lado una vez que él y yo no ocupáramos el mismo cuerpo? ¿O, como mi madre, yo también sería alguien más en una casa compartida, alguien que a veces está y a veces no? ¿Podría yo algún día hacerle daño a ese que era lo que yo más quería en el mundo o aprendería a ser su madre? La mía había tenido el primer episodio después de que yo naciera, exactamente el aniversario del día en que había muerto otro bebé, mi hermano. ¿Me podía pasar a mí? ¿Podía suceder que yo también me perdiera en la misma oscuridad que mi madre después de engendrar este niño, aun cuando no hubiera muerto otro antes? Los médicos me dijeron que no, Mariano me dijo que no. Pero yo no tendría la certeza hasta después de que mi hijo naciera.

Demasiadas preguntas en soledad. La maternidad o se la toma de la manera natural e irremediable o genera demasiadas preguntas. Seguramente fue por esas dudas que cuando nació Federico enseguida se lo entregué a Mariano: para que lo cuidara de mí, para que lo protegiera. Fue algo físico, lo pusieron en mi pecho pero en cuanto terminé de amamantarlo lo alcé y se lo entregué a él. Tenía miedo de tocarlo, de sostenerlo en mis brazos, de que se me escurriera de las manos, de lastimarlo. Recién cuando unas horas después estuve segura de que yo seguía allí, de que no me había ido, de que no me había perdido en la tristeza como mi madre, segura de que yo podía ser madre, fue que lo pude sostener. Sin embargo, siempre estuve atenta, alerta, temerosa de que un día pudiera convertirme en otra cosa y dañarlo. Una mujer oscura, como mi madre. Pasaron seis años junto a él y el temor que tenía no cedió, pero tampoco se concretó. Tal vez así habría seguido la vida si aquella tarde no hubiera tenido que cruzar con mi auto una barrera baja, cruzarla como lo hacían todos los que conocían la zona porque sabían que nunca funcionaba. Pero la vida me puso esa circunstancia en mi camino. No a todos les pasa, hay gente que nace, vive y muere sin que nadie ni nada ponga a prueba lo que son, quiénes son, o si están capacitados o no para serlo. Una madre cualquiera, por ejemplo, no tiene por qué pasar por circunstancias de tanta envergadura para demostrar que puede serlo. Pero a mí la vida decidió probarme, y yo, en muchos sentidos, no alcancé la nota necesaria. 

  Los meses siguientes, los que antecedieron a mi huida, también fueron una prueba. Otra. Si me iba le ocasionaría un daño a mi hijo, pero si me quedaba el daño podía ser mayor. Si nunca en nuestras vidas se hubiera cruzado lo fatal, esa maldita circunstancia de una barrera cerrada y un coche que se detiene en medio de la vía cuando llega un tren, yo habría pasado la prueba como tantas otras mujeres. No digo que hubiera obtenido la mejor nota, tal vez apenas la mínima necesaria. Pero allí estaría, siendo la madre que podía ser. La maternidad está llena de pequeños fracasos que pasan inadvertidos. Si las circunstancias hubieran sido otras, nadie se habría enterado, ni siquiera yo, de quién podía llegar a ser.

Hay madres que tienen suerte y la vida no las somete a ese tipo de pruebas.

Yo sólo tengo una suerte pequeña.”

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