Escena VI del cuento “En la bahía”, de Katherine Mansfield.

“Linda Burnell, sentada en una hamaca de barco, bajo la manuka que crecía en medio del césped de la parte delantera del jardín, dejaba pasar la mañana fantaseando. No hacía nada. Contemplaba las hojas oscuras, cerradas, secas, de la manuka, los intersticios azules, y de vez en cuando una diminuta flor amarillenta caía sobre ella. Hermosas –sí–, si se tomaba una de aquellas florcitas en la palma de la mano y se la examinaba atentamente, eran una cosita deliciosa. Cada pétalo, de un pálido amarillo, brillaba como si lo hubieran fabricado manos expertas. Y la pequeña lengüeta del centro le daba la forma de una campanita. Dándole media vuelta, sin embargo, la parte exterior era de un oscuro color bronce. Aunque caían en cuanto florecían, diseminándose. Tenías que ir quitándotelas del vestido mientras hablabas; y eran horribles si se te quedaban en el pelo. Entonces ¿por qué florecían? ¿Quién se tomaba el trabajo –o el placer– de hacer florecer todas aquellas cositas que se echaban a perder, dilapidadas…? Era algo misterioso.

  Sobre el césped, a su lado, acostado sobre dos almohadones, estaba el niño. Dormía profundamente, con la cabeza vuelta de espaldas a su madre. Su pelito oscuro parecía más una sombra que pelo de verdad, pero tenía la orejita muy roja, como un coral encendido. Linda enlazó las manos sobre la cabeza y cruzó los pies. Era muy agradable pensar que todos aquellos bungalows estaban vacíos, que todo el mundo se había ido a la playa, y que no iban a verles, ni oírles. Tenía todo el jardín para ella: estaba sola. 

Los claveles blancos resplandecían, luminosos: brillaban los botones dorados de las caléndulas: las capuchinas trepaban por los barrotes de la baranda con llamitas verdes y gualdas. Ojalá tuviese uno tiempo para contemplar con calma aquellas flores, tiempo para superar la sensación de novedad y extrañeza, ¡tiempo para conocerlas! Pero en cuanto te detenías a abrir los pétalos, a descubrir el envés de las hojas, venía la Vida y te llevaba a otro lugar. Tendida en su silla, Linda se sentía absolutamente vaporosa, como una hoja. La Vid llegaba como llega el viento, y la levantaba y zarandeaba: y tenía que irse. Dios mío, ¿iba a ser siempre así? ¿No había modo de escapar? 

…Ahora estaba sentada en la terraza de su casa, en Tasmania, recostada en la rodilla de su padre. Y él le prometía: “En cuanto tú y yo seamos suficientemente mayores, Linny, nos largaremos a alguna parte, nos escaparemos. Como dos muchachos. Me parece que me gustaría muchísimo remontar un barco en algún río de China”. Y Linda veía el río, un río anchísimo, cubierto de juncos y sampanes. Veía los sombreros amarillos de los remeros y oía sus gritos agudos, chillones…

–Sí, papá. 

Pero precisamente en aquel instante un joven corpulento con reluciente pelo rojizo pasó lentamente por delante de su casa, y parsimonioso, solemne incluso, se quitó el sombrero. El padre de Linda le tiró de la oreja, con aquel gesto tan suyo…

–El galán de Linny–le susurró.

–¡Oh, papá! ¿Me imaginas casada con Stanley Burnell?

Pues sí, se había casado con él. Y aún más: le amaba. No al Stanley que todos veían, el Stanley cotidiano; sino a un Stanley tímido, sensible e inocente que todas las noches se arrodillaba a rezar sus oraciones, y que no tenía otro anhelo que ser bueno. Stanley era muy sencillo. Cuando creía en alguien –como creía en ella, por ejemplo– lo hacía de todo corazón. Era incapaz de ser infiel, incapaz de decir una mentira. ¡Y cómo sufría cuando creía que alguien –ella– no le decía la pura verdad, que no se mostraba totalmente sincera! “Demasiadas sutilezas para mí!”, decía, subrayando las palabras, pero su mirada franca, desolada, temblorosa, era como la de un animal acorralado. 

El problema era –y al llegar a este punto Linda se sintió inclinada a reír, aunque, por todos los cielos, no era cosa de risa– que su Stanley no se manifestaba muy a menudo. A veces había algún momento, algún destello, remansos de paz, pero por lo demás era como si viviesen en una casa que cada día sufría un incendio, en un barco que naufragaba a diario. Y siempre era Stanley quien se encontraba en peligro. Linda tenía que dedicar todo su tiempo a rescatarle, a reconfortarle, a tranquilizarle y escuchar sus historias. Y el poco tiempo que le quedaba lo pasaba en el temor de tener más hijos. 

Linda frunció el ceño; se incorporó rápidamente en la hamaca de barco y se tomó los tobillos. Sí, ésa era su verdadera queja contra la vida; eso era lo que no lograba entender. Ésa era la pregunta que formulaba una y mil veces sin encontrar jamás una respuesta satisfactoria. Estaba muy bien repetir que a todas las mujeres les había tocado tener hijos. Pero no era cierto. Ella, por ejemplo, podía demostrar que aquello no era verdad. Los partos la habían destrozado, debilitado, le habían quitado las energías. Y lo que hacía que todavía resultase más difícil de soportar era que no quería a sus hijos. Era inútil fingir. Aunque hubiese tenido fuerzas, habría sido incapaz de cuidar de las niñas y jugar con ellas. No, era como si un aire gélido la hubiese dejado paralizada de pies a cabeza en cada uno de aquellos acontecimientos pavorosos; ya no le quedaba afecto que entregarles. Y en lo que se refería al niño…bueno, gracias a Dios, su madre lo había cuidado; era de su madre, o de Beryl, o de quien lo quisiese. Apenas lo había sostenido en brazos. Se sentía completamente indiferente aunque estuviese allí tendido…Linda le miró.

  El niño se había dado media vuelta. Estaba de cara a ella y ya no dormía. Sus ojitos infantiles, de un azul oscuro, estaban abiertos; miraba como si estuviese espiando a su madre. Y de pronto su rostro formó unos hoyuelos y esbozó una amplia sonrisa, una sonrisa desdentada, un perfecto lucero, ni más ni menos.

“Aquí estoy –parecía querer decir aquella feliz sonrisa–. ¿Por qué no me quieres?”

En aquella sonrisa había algo tan sorprendente, tan inesperado, que Linda no pudo por menos de sonreír. Pero se reprimió y dijo fríamente al niño:

–No me gustan los niños.

“¿Qué no te gustan los niños? “El niñito no podía creerle. “¿Y yo, no te gusto?” Y agitó nerviosamente los bracitos en dirección a su madre.

Linda abandonó la hamaca y se dejó caer en el césped. 

–¿Por qué continúas sonriendo? – preguntó severamente–. Si supieses en qué estaba pensando dejarías de sonreír.

Pero el niño se limitó a achicar los ojos, tímidamente, girando la cabecita sobre la almohada. No creía ni una palabra de lo que ella decía. 

“¡No me vengas siempre con la misma canción!”, decía su sonrisa.

Linda estaba tan sorprendida de la confianza de aquel pequeño… Ah, no, sé sincera. No era aquello lo que sentía; era algo muy distinto, algo totalmente nuevo, tan…Le subían las lágrimas a los ojos; y dirigió un diminuto susurro al bebé:

–¡Hola bonito!

Pero el niño ya se había olvidado de su madre. Volvía a estar serio. Algo rosado, blando, se agitaba delante de él. Fue a tomarlo e inmediatamente desapareció. Pero cuando se recostó, otra cosa, idéntica a la primera, entró en su campo de visión. Esta vez estaba decidido a agarrarla. Hizo un esfuerzo tremendo y se dio la vuelta.”

Del libro Fiesta en el jardín y otros cuentos (1922). Alba Editorial, Clásica Maior, Barcelona, 1999. 

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