Una segunda entrega de Bosque energético, editorial argentina dedicada a publicar diarios íntimos, saca a la luz la primera parte del diario llevado por I Acevedo, que se anuncia como el comienzo de una serie de más largo alcance. En la nota que precede las entradas, Acevedo da cuenta de su intención de publicar el total de sus diarios, unas mil páginas, impulsado por la aparición de los diarios de Ricardo Piglia. Diario de los quince abarca desde septiembre de 1998 a fines de mayo del 2000. En la misma nota, a la vez introducción y programa, Acevedo enuncia como hito de su mitología personal la llegada de una computadora –regalo de los quince– que va a permitirle pasar la novela que ha estado escribiendo ese verano. Y afirma: “La escritura organizaba mi existencia”. Porque quien lleva el diario ya se observa en su afán escritural y toma conciencia de que no puede vivir sin escribir. La vocación de hacerlo es uno de los asuntos que marcan la vida cotidiana de la quinceañera que estudia y ensueña entre Tandil y el campo. Vocación en su sentido etimológico de llamado, llamado a escribir en este caso, y no sólo a escribir relatos, sino a hacerlo sin cesar, más allá de la literatura. Las entradas incluyen tanto anotaciones sobre la escritura de proyectos literarios como el registro de tareas de la casa, la preparación de una pastaflora, la búsqueda de trabajo, la falta de dinero, los encuentros amistosos o de exploración erótica.

¿Qué hay en el texto de Acevedo que logra transportarnos a un universal adolescente, a la zona de brumas de esa etapa con su maremágnum de incertidumbres? Ya hay una escritura deviniendo. Quien lleva el diario lo hace con soltura y espontaneidad. Expone sus dudas existenciales, de pertenencia y las plasma con honestidad. Preguntas explícitas sobre si la vida merece la pena, la felicidad, cómo conciliar el arte y las horas dedicadas a trabajar para la supervivencia y otras tácitas, entre líneas. A sus quince, I Acevedo puede ser chica o chico en un mismo párrafo. Escribe, por ejemplo: “Es que prefería ir solo a la escuela. Había imaginado cómo iría por la avenida, los semáforos que cruzaría, el viento que me refrescaría…Pero bueno. Voy a las 8:15 a lo de Alicia y caminaremos juntas hasta la escuela.” O definir, con la misma frescura: “El amor es una torta. La ponemos en el horno con mucho cuidado, pero si lo abrimos antes de tiempo, se desinfla. Y aunque luego la volvamos a meter, en la torta va a quedar siempre la marca de cuando la sacamos antes de tiempo.”
La soledad necesaria para la escritura, las dificultades materiales, la mirada atenta a una madre infeliz, y hasta la inclusión en una de las entradas de un título: “La plaza central al anochecer”, todo un gesto precoz de conciencia artística porque la entrada se destaca por su poesía, se condensan y reverberan en estas páginas en las que, al adolescente que crece, le va brotando el artista así, intempestivo, inapelable.
María José Eyras
Publicada en diario Perfil, 21 de mayo de 2023