Primeras lecturas de Un detalle trivial: Hugo Correa Luna

Cuando nos encontramos a diario con lo trivial, simplemente lo dejamos de lado, como aquello de lo que no vale la pena ocuparse o como algo a lo que prestaremos una atención fugaz, tal vez un poco robada a nuestro tiempo; en todo caso, en la larga ristra de los minutos que se llevan nuestro día, le dedicaremos un par que nos distraiga un ratito. Y quizás, a veces, incluso, después nos avergonzaremos un poco bajo la sensación de que hemos perdido el tiempo. Ahora, escarbando alrededor de lo trivial, me encuentro algo inesperado: la cantidad de palabras –sinónimos, diríamos si creyéramos en los sinónimos– con que la lengua persigue eso: banal, superfluo, superficial, vano, vacuo, desdeñable, también una pavadita, o –buscando recrear una y otra vez cierto desprecio– una boludez. Hay más, claro, pero lo inquietante es todo lo que invierte el idioma en lo que al mismo tiempo invita a clasificar como indigno de atención.

Al leer este libro que María José, audaz y generosamente, me invita a presentar, busqué como un poseso aquello trivial que se promovía a la altura de título; de la obra y de uno de sus cuentos. Desde ese momento, me instalé en una paradoja: la operación que pone el foco en aquello que por definición habría que dejar a un costado, por su misma naturaleza traiciona a su objeto. Nos obliga a la desproporción, lo arrancamos de su trivialidad para hacerlo crecer, le dedicamos un tiempo, una atención que no quiere, de la que huye. Por eso, es claro, nunca lo iba a encontrar: está destinado a pasar desapercibido y cuando se nos presenta ya dejó de ser trivial.

Por supuesto, repitámoslo: nada es trivial en un texto. Todo está ahí para convocarnos y simultáneamente perdernos en los múltiples sentidos en que se abre. Esto que ahora digo sí que es de veras algo trivial por su obviedad.

Busquemos, entonces, por otros caminos. No perdamos el tiempo en el descubrimiento del detalle trivial que nos propone María José Eyras. Veamos qué hacen sus personajes.

Lo que hacen es situarse en una encrucijada, en un punto en que toman conciencia del tiempo perdido, en una edad en que los padres empiezan a irse y también los hijos, o en una edad en que el amor está asediado por la costumbre. En todo caso, un momento en que se aparece la necesidad de un cambio de rumbo: un presente repentinamente vaciado, un pasado que se percibe como algo perdido y un futuro que no quiere parecerse a ese presente.

En suma, descubren que están hechos de tiempo, irremediablemente. De una sustancia que, diría Agustín, ya no es porque es pasado, o bien está siempre dejando de ser como es el presente, o que todavía no es como el caso del futuro.

La narración también es puro tiempo, es el modo en que manipulamos la experiencia del tiempo. Es el instrumento con que podemos ponerlo en evidencia, mostrarlo como lo que es, desenmascararlo; es aquello en que las tres patas, pasado, presente y futuro, son lugares concretos, a donde se puede ir, y a donde los personajes de este libro efectivamente van. Nuestra palabrita, trivial, después de todo, alude en su etimología a tres ramas de un camino. Habrá un personaje que opte por el pasado, como ocurre en “El mandado”; otro cuento nos deja en la esperanza –tenebrosa sin duda– de un futuro que, deseamos, no ocurra, en “Mundo cercado”; otros optan por la incertidumbre angustiada de un presente en el caso de “En el balneario”.

Hay, sin embargo, dos relatos extraños quizás al cuerpo del libro. Curiosamente, se trata del primero y el último. Detalle nada trivial, si se me permite. Esa ubicación me parece una sabia arquitectura del libro: sabemos del incordio que es decidir un orden en un libro de cuentos. Sabemos, también, que el lector no suele respetarlo. Pero ahí está y es otra de las riquezas que nos ofrece Un detalle trivial.

Son dos relatos que profundizan lo enigmático. Además, si en los otros el movimiento es, al cabo, un viaje hacia lo más interno y recóndito de los personajes, estos dos son algo que va hacia afuera, como soluciones distintas de la paradoja del tiempo.

El primero puede leerse como una metáfora de la escritura. Su título, “Fénix”, lo ilumina con ese talento que María José tiene para el detalle, para lo preciso de una comparación o una metáfora. Voy a decir solamente que la solución al tiempo, en él, está en morir y renacer, que es lo que ocurre con la escritura cada vez cae en manos de un lector. El mito del eterno retorno.

El último, “La proeza de Leocadia”, también invoca la posibilidad de trascender la muerte.

En ambos, un arte, de la palabra o del pincel, firmemente ligado al cuerpo y a la vida, preside el proceso.

Según vemos, en este recorrido superficial que hago, nada parece tan trivial como nos anuncia el título, que se vuelve una ironía o una modestia de su autora.

Finalmente, como esto no ha sido más que una lectura más entre todas las posibles y, también, como una presentación de un libro es ante todo una invitación a la lectura, quiero decir algo menos banal: María José escribe muy bien, su escritura nos lleva de la mano de una precisión por zonas que, justamente, por imprecisas, requieren climas y tonos. En cada cuento la palabra de María José Eyras nos va envolviendo en sus preguntas, en sus sensaciones. En la narrativa algo de lo que se dice debe resonar en nuestra experiencia, sernos familiar, y eso ocurre aquí al extremo de que pronto, sin saber cómo, cada personaje, a medida que avanzamos en la lectura, casi parecemos ser nosotros. Y cuando estamos a punto de serlo definitivamente, aparece el enigma que nos cuestiona, nos llena de preguntas en las que cerramos el libro para volver a abrirlo, como el ave fénix.

No es poco y yo le agradezco a María José la existencia del libro y el honor de formar parte de su acontecimiento.

Muchas gracias

Hugo R. Correa Luna

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