La proeza de Leocadia

–¡Leocadia!

El pintor la llamaba a cada instante. Desde que la fiebre lo devoraba, Francisco de Goya y Lucientes no se levantaba ni siquiera a mirar el atardecer por la ventana, como acostumbraba al principio de su larga enfermedad.

–Leocadia, por favor…– repitió con voz débil. A Leocadia, que estaba en la cocina , le pareció escucharlo. Apoyó el canasto con verduras sobre la mesa, al lado de tres gallinas que esperaban para ser desplumadas, suspiró y se limpió las manos en el delantal. Robusta y a la vez delicada, Leocadia hubiera enamorado a Rubens. De hombros anchos, labios finos, una rubia sensualidad asomaba bajo las ropas campesinas balanceándose en las escaleras.

Arriba, la habitación estaba en penumbras, como suele ser hábito y necesidad de los moribundos. Leocadia entreabrió las pesadas cortinas de brocado que dejaron ver un rectángulo de cielo y monte. La luz se derramó sobre un arcón cubierto por un paño de seda, brillaron los frascos con medicinas, el aceite en la tisana y el cuero del misal cerrado. Tomó la jarra al pie de la cama y se acercó al enfermo.

La cabeza, que había recorrido su cuerpo multiplicándose en bocas ávidas, caía hacia atrás. Amorosamente la levantó, hundiendo los dedos en la cabellera oscura y desmelenada que colgaba fuera del lecho como si también estuviera exangüe. Beba, maestro, dijo mientras vertía agua en su mano y la llevaba como cuenco a los labios de él.

Leocadia supo que él no tardaría en morir, que la habitación quedaría vacía y se iría con el cuerpo su secreto placer: la certeza de saber que estaba allí. Siempre, a merced de sus deseos, para poder mirarlo, escucharlo y atenderlo. Hasta ese día.

Ahora, Leocadia contempla el atardecer. Es púrpura. El atardecer a su vez, si le atribuimos un alma, mira la ausencia del pintor. De espaldas al lecho, un temblor la recorre al evocar su historia. Más allá de prejuicios y tabúes ella había elegido con el corazón, había elegido a un hombre de su propia familia. Durante veinte años desde aquella decisión, servirlo, cuidarlo y obedecerle había sido su vida; así, según la voluntad de don Francisco, ella trocaba en aya, modelo, cocinera o amante. Frente a la fascinación por el artista, su femenino ser se esfumaba como una tenue acuarela; sus quehaceres le parecían fútiles, tan domésticos y sencillos, tan naturales y necesarios.

–Leocadia, debo decirle algo– él habla con las breves fuerzas que el agua le ha dado. Ya ni siquiera intenta incorporarse, para después dejarse caer con una maldición y una mueca de dolor. Ella se vuelve y lo mira a los ojos; presiente la oscuridad cuando los de él se cierren.

–¿Recuerda lo que hablamos? Mi cabeza…– se interrumpe. Leocadia ha puesto un dedo sobre sus labios. No quiere que las palabras que continúan, tantas veces oídas, toquen el aire. Con el último esfuerzo él retira su mano y murmura:

–Mujer, debe ayudarme…

Leocadia supo que ya no diría nada más. A esta altura de la enfermedad sus gestos son raros destellos.

Se vuelve otra vez hacia el paisaje. Se queda inmóvil. Ella también ha envejecido, ahora lo percibe. Cómo va a extrañar las largas conversaciones que mantenían. En ellas latía y se resumía el amor entre los dos. Francisco enhebraba divagaciones y elucubraciones sobre la eternidad, la cábala, la reencarnación; la frenología lo entusiasmaba especialmente. Antes de enfermar, convencido de su genio, la idea de comprobar la teoría con su propia cabeza, de entregarla a sus amigos científicos cuando fuera la hora, lo subyugaba. Y con humor, agregaba: “La mejor parte de mí podrá tomar algo más de aire que el resto ¡imagínala, si no, en una caja de madera!”. Y soltaba una carcajada ronca y franca, mientras Leocadia, ante la macabra perspectiva, ocultaba el rostro entre las manos y negaba con la cabeza.

Cuando regresa al lecho, Goya ha muerto. El atardecer deja caer su máscara roja. Definitivamente sola, en este mismo instante escucha su carcajada y siente su mirada –entre amorosa y burlona– deslizarse sobre ella. Esa mirada, la que reservaba para proponerle nuevos desafíos que su pudor nunca pondrá en palabras, que ya son un recuerdo.

Como cuando acaba algún quehacer, Leocadia se lleva las manos al delantal, las frota y respira hondo. Él se ha ido, la comida quedará sin preparar….. De pronto se estremece; da un gemido, agudo e inútil en la habitación vacía; las conversaciones del atardecer toman un relieve inusitado; las últimas palabras vuelven a su memoria: su deseo, su pedido de ayuda, ¡alguien debe realizar esta tarea! Leocadia vuelve a escucharlo reír, vuelve a escuchar su voz: “Imagínala en una caja de madera!”. Y ha gemido, porque, ¿quién, sino ella? Nadie aceptaría hacerlo, la voluntad del pintor no se ha expresado más que oralmente. Nadie lo ha escuchado salvo ella, solitaria testigo y parte de la cuestión.

Leocadia, única mujer de la casa, está acostumbrada a seguir el camino más corto, de la despensa al huerto con el canasto de verduras, del patio al río con el balde de ropa entre los brazos. Además, razona, hay que actuar rápido. Con la primera estrella llegará el médico para la visita diaria.

Va hasta la cocina, escaleras abajo. Sobre la gran mesa de madera se alinean las tres gallinas que ella misma ha acogotado y que más tarde, cuando se enfriaran, hubiera comenzado a desplumar. Bordea la mesa llegando hasta el umbral de la puerta. Se detiene. Mira el sendero que lleva al huerto. Ve, atrás, el monte. Sonríe, contagiada del humor de su amante, al pensar qué murmurará la gente. La tiene sin cuidado. La atrae la idea de complacerlo hasta el final, de cerrar el círculo (esto no lo piensa Leocadia, pero intuye que concierne a la ética y a la estética de su humilde vida). Y también otra idea, más oculta, la de poder tomar la cabeza desmelenada entre sus brazos y llevarla, una vez más, envuelta, junto a su pecho.

Decidida, se vuelve hacia la mesa, toma la cuchilla al lado de los animales y sube, presurosa, a aquella habitación.

Cuando llega el médico la voluntad del pintor se ha cumplido. Es noche cerrada. Una mujer a caballo se pierde entre los montes.

Allá, a lo lejos.

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