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Nací en Buenos Aires, en verano, hija de padres dolorenses. Dicen que en la manera de hablar y el carácter conservo  rasgos del interior. Cuando empecé a escribir estaba por nacer mi tercer hijo y hacía quince años que ejercía la arquitectura. Quería escribir desde los 8, cuando una noche de diciembre le mostré dos poemas a mi padre. El primero, a la luna, le gustó. El segundo, no tanto. Gracias a él, que era un gran lector y no dejaba de comprarlos, crecí rodeada de libros y pasaba horas y horas leyendo. Recién en 1997 me acerqué a un taller de escritura y dos de mis cuentos fueron premiados en el Concurso Interamericano de la Fundación Avón lo que me alentó a continuar.

En 2010 me inicié en la coordinación de talleres de lectura y  en estos espacios, leímos la obra de Virginia Woolf y una genealogía de autores que la precedieron y la leyeron. Me enamoré de algunas voces: la de Virginia, la de Juan José Saer, la de Marguerite Duras, la de Natalia Ginzburg.  En 2012 creé el ciclo Encuentros en la Asociación de Ex–Alumnos del CNBA  para difundir a autores ripoplatenses. Hoy sigo coordinando talleres, hago clínica de obras y reseño libros.  

Colaboré con la Revista Ñ  durante diez años y desde 2010 escribo para el suplemento Cultura de Perfil. Publiqué  La maternidad sin máscaras ( Planeta, 2008), el libro de cuentos Un detalle trivial  (Alción, 2013) y la novela  Mi madre y las cosas (Perfil, 2023). Cada vez tengo menos certezas, así va el mundo. Pero una permanece: el día que escribo es un día ganado.