
La pregunta
La novela empieza en la casa de Pedro, el hermano de la narradora que espera a toda la familia para celebrar su cumpleaños. La narradora recorre la casa en la que el hermano siempre está proyectando una nueva reforma y de hecho de eso hablan. El hermano quiere tirar una pared del living para que quede más integrado. La madre acota “está loco este chico”. Bien sabe ella de casa y de orden.
Y ahí la narradora piensa “su voz lúgubre, la ropa negra, el gesto sombrío, toda ella se superpone como un manchón de tinta sobre una foto color. Y es de un negro tan opaco su figura, tan diferente al de la noche estrellada, abierta, infinita, que presiento, más allá del cielorraso, del techo de este comedor, de la planta alta, del quincha en la terraza, de las copas de los viejos árboles de las calles de Olivos.
He aquí el prototipo de la madre alentadora, dice mi hermano menor.
Mi padre suelta una carcajada, mi madre calla.
Han pasado años desde aquel día, en el cumpleaños de Pedro. Imágenes como aquella de la mancha de tinta, imágenes sombrías, pesimistas, me rondan, se repiten. Quién es mi madre”.
La pregunta es una imagen: sombría, opaca. ¿Cómo se responde esa pregunta? Haciendo que ese manchón de tinta, corra como letra. Que la tinta corra en escritura. Lo que la narradora nos dice a través de esa reflexión es que el camino de la escritura es el camino de desciframiento de ese enigma lacrado que es, desde el principio, la figura de la madre.
El territorio

La casa es un espacio a habitar, el espacio en el que se despliega el mundo imaginario de la narradora y de sus hermanos. La cocina, las habitaciones, las estanterías, el patio, la tv prendida y los placares, esos espacios que guardan el secreto de su madre: el afecto, la verdadera razón de su afecto. La relación emocional de la madre con la hija está mediada por las cosas. Las cosas dictan comportamientos (el detalle con el que la madre cuida y ordena), pero sobre todo, el afecto (el amor que se sustrae para depositarse en el cuidado puntilloso de los objetos).
Mi madre ama las cosas, dice la narradora. “Las cuida con una pasión contenida y a la vez desenfrenada. Muchas veces he intentado comprender este apego antipático de mi madre por las cosas. Un amor práctico, hedonista solo en la superficie. Un amor desnaturalizado, que inventaría y registra. Cuántas veces me negó algo que pedí con insistencia, que yo quería con mucha fuerza que ella me diera. Recuerdo la vehemencia de sus negativas. La dolorosa claridad de comprobar que, para ella, las cosas estaban antes que su hija”.
La hija va a intentar descifrar en las cosas, las claves de un modo de habitar en el mundo. Pero no puede. Ella es desordenada. No se le da la relación con las cosas como se le da a la madre. “Odio las cosas: distraen, ocupan, devoran el tiempo. Me devoran. Me piden que ordene, clasifique, seleccione o descarte. Un grito sin voz que exige premura y trae la sentencia de mi madre. Si no ordenás, las cosas te tapan”. ¿Por que las cosas le son esquivas? Porque guardan el afecto que no se brindó. Son metonimias, objetos que contienen el amor retirado. Las cosas se escapan, se desplazan, se ubican en otro lugar.
“La infancia es infinita mientras sucede y también en el recuerdo”, dice la narradora y ese recuerdo es el que va a explorar la escritura, con un registro justo, ni muy lejos ni muy cerca, ni muy apegado ni muy distante, como si la escritura buscara el preciso equilibrio, como diría Foucault, entre las palabras y las cosas. En esa separación que hay entre las palabras y las cosas, la narradora busca con la escritura dar con el afecto de la madre.
Esa madre está ausente porque trabaja, la narradora la busca y concluye “la casa desierta de madre”. Los hermanos miran al Zorro en la tele, la noche llega, la narradora agrega “cuando salga la luna el Zorro partirá en su córcel y mi madre no habrá regresado”. Entonces la busca en sus cosas, entra al cuarto de sus padres, se acerca al placar. “De nuevo estoy junto al Placar. No lo abro. Allí en la pila perfecta de pulóveres no está lo que busco”.
Las palabras
Quién es la madre es la pregunta que abre, dónde está la madre es la pregunta que continúa, qué dice la madre es la pregunta que sigue.
La madre es un discurso femenino, o varios discursos femeninos superpuestos. Muchas mujeres hablan por la boca de la madre, que dicta los modos de ser: “las mujeres son como las naranjas en el mercado: cuando hay muchas valen menos, dijo mi madre. Y no me dio permiso a salir”. La madre le ordena “cotizarse”, “no ser una naranja más”, la madre se observa y la observa con una “lupa de fallas y defectos”, la madre también confiesa su verdad “yo no supe vivir”. Parece como si sobre las mujeres se depositaran capas de discursos, uno arriba del otro, para finalmente laclarlas. La madre es un modelo femenino ausente en el afecto y presente en el mandato, la madre avanza con la palabra y se retira con el cuerpo, el cuerpo se lo da a las cosas. Y en esas cosas, que se desacomodan, se desplazan, que persisten en las casas de los hijos como meteoritos que vienen del pasado, que no encuentran lugar, la narradora busca el afecto que ahí quedó capturado.
Y en verdad las claves de esta hermosa novela de María José Eyras ya estaban desde el paratexto, esos dos epígrafes con los que abre la novela: Cristina Perez Rossi que dice “lacrada / cerrada para mí como un secreto / como la ostra de filosos labios / que me hiriera los dedos / la cara las manos la voz / el pensamiento y los sueños”. Y Eugenia Almeida “Buscar detalles como método de supervivencia”.
Los dos epígrafes son claves para el lector. Son las pistas en el camino de la narración. Algo se da como un sobre lacrado, un secreto a descifrar. Y para poder soportar el peso de ese código cerrado que está ofrecido y que demanda nuestra atención, hay que buscar detalles, como método de supervivencia. Leer en los detalles es la clave que puede descifrar el código cerrado. Y ese código cerrado es nada más ni nada menos que la madre, mancha de tinta opaca, tan diferente a la noche estrellada. Hacer luz en esa noche es lo que posibilita la escritura, linterna que abre caminos entre la tinta, para dar espacio a otra voz, la voz de la hija, que encuentra finalmente lugar en una cosa: en el papel del libro.
Desde el paratexto María José Eyras nos habla para que entremos preparadas a Mi madre y las cosas. Una madre que se ofrece en tanto madre cerrada hacia su hija como un secreto, una hija que aprende a sobrevivir leyendo a esa madre en los detalles. La escritura es un universo de detalles, dice Roland Barthes, y es recolocando esos detalles en el plano de la hoja, desde el pasaje al recuerdo que habilita la evocación, que otra voz puede encontrar su lugar, su tono, su tiempo, su afecto.
Mi madre y las cosas es la historia de una relación madre hija narrada a partir de los objetos que las vincularon, los espacios que alojaron esos objetos, los afectos que en esos objetos quedaron capturados. Mi madre y las cosas es la historia de una pregunta que también nos atraviesa a todas, qué es una madre, cómo es una madre, qué destinos abre, cierra, completa una madre. Y la escritura es esa linterna que puede abrir caminos de luz, como haces, que nos den sentido, que nos permitan reflexionar, ver, leer y pensar en ocupar esos espacios de otra manera.
Las, los, les invito a leer esta novela preciosa, inteligente, sensible, en la que la escritura nos lleva paciente, calma y profunda al mismo tiempo.